Las tortillas de harina de Wendy

IMAGEN: Paquete de tortillas y otros productos de la tienda Kroger.

 

Me encantan las tortillas de harina, aunque no las como mucho por eso de que la harina no es buena para uno que ya está viejito y porque siempre hay que andar cuidando la salud. Pero sí las como, un día por medio. Pongo una tortilla sobre el calentador de la estufa y le doy varias vueltas hasta ver que se infla la canija. Después le meto algo sabroso en ella y me la como.

A mi esposa le gusta comérselas con mantequilla. Eso hacía yo cuando estaba chico y vivía en una de las nuevas colonias de Mexicali, la ciudad donde yo nací y crecí. Tuve suerte, mi mamá cocinaba un altero de tortillas todas las mañanas. Casi todas las mujeres de ahora no las cocinan. No las culpo; es mucho trabajo. Es preferible comprarlas ya hechas. Pero no todas se inflan así de bonito como las que hacía mi mamá.

Aquí en el norte de Texas una de las cadenas de supermercados decidió hace varios años preparar tortillas de harina en la tienda. La primera vez que noté que las confeccionaban, noté también un gran rótulo en dicha sección de ese lugar que denominaba a ese rincón con el nombre de “Tortillería”. Una vez que le di una probadita a una de esas tortillas, déjenme decirles, me gustaron. Se parecían mucho a las que hacía mi mamá allá en los años cincuenta.

Afortunadamente, una de esas tiendas con tortillería se encuentra muy cerca del lugar donde vivo en Frisco, Texas. Es el supermercado Kroger, una cadena de tiendas de abarrotes y otros productos para el consumidor que tiene varios nombres, dependiendo de la región geográfica.

En el sur de California esos supermercados son conocidos como Ralph’s, en el norte de ese estado los llaman Fry’s. Debo aclarar que no todas las tiendas de esa cadena tienen tortillerías. Como ya les dije, la sucursal cerca de mi casa confeccione y vende esas delicias. Las prepara una mujer china de nombre Wendy a quien he conocido durante una media docena de años. Diría que es mi amiga.

Es buena onda esa señora. Siempre me saluda cuando me pilla vagando en la tienda con mi canasta rodante. Una vez que me paro frente a la tortillería me da a probar una de esas riquezas, recién hecha y bien enrollada. Yo se la acepto y además practico un poco del idioma mandarín, algunas de las palabras que aprendí cuando estaba destacado en una base aérea en Taiwán, hace ya un montón de años.

“¿Nin jao má?”, es mi saludo (¿Cómo estás?). Ella se ríe y me responde con palabras que no entiendo, excepto cuando me pregunta: “¿Wey se má?” (¿por qué?), al notar que traigo varias botellas de vino en la canasta.

“Es que el precio está muy bueno”, le digo y me río.

“Demasiado vino”, me dice en inglés y me amenaza con el dedo, pero yo me río de nuevo. Un día le conté que tenía más de doscientas botellas sin abrir en mi casa. Me dijo que estaba loco y que además no era bueno tomar tanto. Yo le expliqué que yo aprovechaba las ofertas, especialmente cuando se ofrecía el vino al veinte por ciento de descuento (al comprar seis botellas de un trancazo).

“No es bueno tomar tanto”, repite.

Una vez que me despedí de ella le di un buen mordisco a la tortilla que me había regalado. Estaba bien calientita la canija, y bien sabrosa, a pesar de que me la comí sola.

Así son las tortillas de Kroger, especialmente las hechas por esa amiga china, la tremenda Wendy. Buenas esas tortillas de harina. Me recuerdan mucho a las que comía en Mexicali.

Autor: Pedro Chávez

 

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